ARTES PLÁSTICAS

Década de los 10

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Esta es la selección que han realizado nuestros colaboradores, pero ¿tienes algo que aportar? puedes hacerlo al final del texto.

Artistas representativos del 2010 al 2019

Lista de Mariano de Santa Ana

Detalle de Back

Raquel Ponce

D. G. H.

José Herrera

Detalle de Panoramia

Lena Peñate y Juanjo Valencia

Por qué no soy budista

Jorge Ortega

Mapa del cielo 2

Ricardo Cárdenes

Detalle de Especular con el suelo

Cristina Maya

Torrente de piedra quemada

Silvia Navarro

Vivero

Israel Pérez y María Requena

Las Maretas

Carlos A. Schwartz

Plátanos y tomates

María Laura Benavente

Raquel Ponce, detalle de Back (2012)

Comenzaré esta mirada retrospectiva con Back de Raquel Ponce. Puede decirse que el asunto de esta obra hecha de montajes videográficos instalados en el CAAM en 2012 es el contratiempo. Éste se concreta en una serie de capturas con una cámara fija que registran a la artista en su estudio ―-no sé si puedo llamarlas autorretratos. Ponce habla sola, maldice, se regaña. No posa: muestra momentos previos o posteriores a una acción, algo sucedido antes o después de que sucediese algo que no ocurrió como había calculado y que arruinaba el trabajo invertido en la realización de una pieza. En esta economía del revés ―en el sentido de parte opuesta lo mismo que en el de infortunio–―, Ponce reutiliza también, como inicio de cada vídeo, expresiones del mundo digital previstas para la obra no vista: “buscando”, “fuente encontrada”, “sin señal”… Éstas, a la vez que apuntan a las mediaciones entre autor y espectador, hacen énfasis en lo que, intervalos colocados al comienzo, la tecnología audiovisual nos ha acostumbrado a percibir como interrupciones.

 

 

José Herrera, D. G. H. (2013)

D.G.H., la instalación formada por tres pirámides truncadas que José Herrera realiza en 2013, puede evocar también herramientas de comunicación, léase altavoces o campanas. Pero estos tres cuerpos no buscan la amplificación de un mensaje sino la introspección silente, el repliegue a zonas de la memoria en las que la oscuridad reina. Y eso que con su primer emplazamiento expositivo, junto a unas ventanas abiertas, estas tres estructuras azul índigo parecen, de día, celebrar la irradiación de la luz solar. Ello porque Herrera las concibe para colocarlas en una de las estancias de la casona de Güímar que interviene en su integridad. Los resortes de D.G.H., como los del resto de obras colocadas con precisión sismográfica por toda la vivienda, funcionan como condensadores de tensiones inasibles con las redes del lenguaje. A resultas de esta producción de extrañeza, las piezas con forma de pirámide truncada, como el resto de las obras diseminadas por la vivienda, hacen presentir la existencia de una cripta, un espacio comprendido en la casa pero rigurosamente separado de ella.

 

 

Lena Peñate y Juanjo Valencia, detalle de Panoramia (2014)

Acaso la extrañeza constitutiva del arte sea una última línea de contención frente a las fuerzas que persiguen el control absoluto de la memoria y la reducción a mercancía de la totalidad de la experiencia. Lena Peñate y Juanjo Valencia están persuadidos de ello y en Panoramia (2014) confrontan estas fuerzas descomunales mediante un análisis discretamente corrosivo de Panoramio, uno de sus dispositivos para ver. Ambos artistas replican manualmente fotografías de lugares tal y como las geoetiquetan los usuarios de este sitio web, un gesto aparentemente absurdo, puesto que se comportan como copistas medievales que imitan imágenes de reproducción instantánea y masiva. Además el equipo artístico transcribe, igualmente a mano y con caracteres de estilo tipográfico, fragmentos de un ensayo sobre los mecanismos de vigilancia de la fotografía panorámica que colocan, perfectamente separados, bajo las réplicas de las fotos georreferenciadas. De este modo escritura e imagen y la imagen en sí develan que no son tan transparentes como pudiera parecer, como no lo es ninguno de los dispositivos de visión del capitalismo avanzado.

 

 

Jorge Ortega, Por qué no soy budista (2015)

Las imágenes masivas contienen capas de significación infinitas y resultan idóneas para la indagación artística en lo real. Así, el dibujo Por qué no soy budista (2015) de Jorge Ortega, cuyo motivo está tomado de una imagen de publicidad de moda. Hay que advertir que Ortega es autor de otro dibujo de formato y dimensión análogos, y con idéntico asunto iconográfico, titulado Por qué soy budista. Uno de ellos, no hay indicios de cual, repite el otro: ambos representan dos prendas que difieren en el empleo del blanco y el negro, en variaciones del trazo y en las frases de sus títulos, escritas bajo los dibujos. Si el mundo es producto de la mente, como sostiene el budismo, la dualidad, en consecuencia, es una ilusión. Tal vez los enunciados textuales de estos dibujos de Ortega tienen que ver con las imágenes o tal vez no. Quizá los textos sean intercambiables entre los dibujos o quizá no. A lo mejor Ortega ni es budista ni no lo es. Tal vez prefiere el camino medio.

 

 

Ricardo Cárdenes, Mapa del cielo 2 (2016)

Masivas o no, en realidad todas las imágenes tienen niveles de significación incuantificables, aún cuando, como ocurre con los mapas, hayan sido creadas para transmitir mensajes unívocos. Ricardo Cárdenes siempre ha sentido fascinación por los mapas, por el centello frío que destilan y porque para explorar los límites que estructuran lo visual necesita tener estructuras a la vista. En Mapa del cielo 2 (2016) su mano discurre por itinerarios que en principio reconocen sus ojos, pero lo visual no es solo lo visible, y este dibujo que, como su título y su aspecto indican, replica la cartografía celeste está lleno de vértigos minúsculos, de líneas, manchas y figuras geométricas con temblores leves. Y es que el artista no pretende ejercitarse en la cartografía estelar ni incorporar su funcionalización de la distancia. Antes bien, lo que escruta son los rastros de sus propios trazos en los que destellan señales de lejanías infinitas. Cifras en las que el artista intenta, inútilmente, contemplar su propia mirada mientras se desdibuja en la certeza de su propia finitud.

 

 

Cristina Maya, detalle de Especular con el suelo (2016)

Las cifras de la ciudad son tan proliferantes como las de la humanidad puesto que, aunque pueden parecer lo otro de los humanos, las ciudades son lo mismo: su mismo fundamento inestable o su misma carencia de fundamento. En Especular con el suelo (2016) Cristina Maya atiende a dos acepciones del verbo incluido en el título de su instalación, reflexionar y traficar, para confrontarse con las cifras de Las Palmas, su propia ciudad. La intervención de la artista y arquitecta, en la Sala B del centro de arte La Regenta, opera a tal efecto como una suerte de juego de Monopoly: cada adjudicatario de una de las parcelas con que se compartimenta la sala, un agente de la ciudad real, puede intercambiar espacio con cualquier otro y quien no observa las reglas es eliminado. Un jardinero, un coleccionista, un cineasta, una autoescuela, una aseguradora, una iglesia evangélica, un colegio notarial, una parcela vacía… Todas las casillas convergen en el juego mediante el que la sala se presenta como doble especular de la ciudad.

 

Silvia Navarro,  Torrente de piedra quemada (2017)

Las máquinas de registro visual y sonoro producen huellas que pueden ser percibidas como dobles especulares de lo real. Silvia Navarro, fotógrafa, cineasta, no tiene una posición concluyente sobre esta cuestión, lo que no quiere decir que se desentienda de la misma. Antes bien, gira una y otra vez en torno a ella. Torrente de piedra quemada, la instalación que realiza para Fotonoviembre en TEA en 2017, reutiliza fotografías, audios y fragmentos de películas realizados por Luis Diego Cuscoy y Francisco Navarro Mederos entre los años cincuenta y sesenta del siglo XX para incidir en el origen, asunto indisociable de lo real. Los materiales de ambos arqueólogos, que buscaban vestigios guanches en las cuevas y en los pastores vivos, son desprovistos de sus codificaciones humanistas en forma de discurso arqueológico y puestos en colisión por Silvia Navarro mediante mecanismos de montaje. De este modo las imágenes y las voces yuxtaponen temporalidades discontinuas y la artista apunta al origen no como génesis, sino como un remolino que gira también en el curso del tiempo.

 

 

Israel Pérez y María Requena,  Vivero (2017)

Las nociones de naturaleza y cultura se conjugan con la de origen, y como ésta resultan extraordinariamente problemáticas. Si las tres convergen en el juego de las imágenes, como ocurre en Vivero, el vídeo que María Requena e Israel Pérez realizaron en 2017 para Fotonoviembre, lo obvio puede resultar enloquecedor por la sospecha de que el juego solo está construido con ironía analítica. Todo parte de un hecho registrado por la cámara de los artistas: un busto decimonónico de Apolo es rescatado mediante bruscos golpes de azada de las raíces de un gran ficus plantado en el vivero municipal. Pero a diferencia de los frescos descubiertos por Fellini mientras graba unas obras en el metro de Roma, la escultura no desaparece y es depositada en el Museo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Atención a la discontinuidad, al contratiempo, pero sin desentenderse de la memoria, de la repetición. Las raíces, hace pensar esta obra, se cortan pero pueden germinar, pueden ser subterráneas o visibles, tener un centro o carecer del mismo.

 

Carlos A. Schwartz,  Las Maretas (2019)

Lo obvio, pues, eso que es muy claro, puede resultar finalmente un escenario con trampilla si quien lo muestra es un artista. Así en la fotografía Las Maretas, tomada en 2019 por Carlos A. Schwartz. Hay algo en esta imagen de un pueblo del sur de Tenerife, la cual, de entrada, se diría realizada por un agente inmobiliario, que obliga a examinar su aparente neutralidad. Ese algo es lo que indica que no puede ser una fotografía funcional porque todo está demasiado bien encuadrado en ella ―el juego de curvas entre la pista, la carretera, el cable eléctrico, las formas de las rocas y los coches aparcados― y porque el contraste entre los edificios, los muros que delimitan las parcelas y la talla erosiva de la tosca, parece apuntar a preguntas de hondo calado existencial, a interrogantes sobre la dimensión construida del paisaje. Suavemente inestable, el observador nunca llega a saber si el asunto de esta fotografía es lo representado o si lo son, en último término, las estructuras que gobiernan su visión.

 

 

María Laura Benavente, Plátanos y tomates (2019)

Inestable es también el suelo sobre el que se asienta la colección, pues, hecha de vestigios, es un constructo gobernado por la falta. En su instalación Plátanos y tomates, realizada para la exposición Europa, ese exótico lugar (TEA, 2019), María Laura Benavente exhibe fotografías de documentos de una colección privada. Según el título y el cuadernillo integrante de la pieza, tales documentos concernirían al vínculo de una familia insular con la agricultura de exportación. Pero el montaje de las imágenes descoyunta la linealidad del relato al que tanto el cuadernillo como el título apuntan: todas las fotografías de los documentos, íntimos o comerciales, están enmarcadas como piezas autónomas, susceptibles de tender relaciones con las otras o de permanecer ensimismadas. Colocadas en un mismo estante, uno distinto y más elevado que el del ambiguo cuadernillo ―parte de la pieza a la vez que comentario sobre la misma―, es el propio estante, en su mudez, en su aspecto de repisa doméstica en un museo público, el que otorga a las fotos su precario lugar discursivo.

 

Lista de Frasco Pinto - Galería Artizar

Argonauta (2019-2020)

Carlos Nicanor

Jardín Japonés (2012)

Ángel Padrón

Epicultura (2016-2017)

Laura Mesa

El resto (2015)

Laura Mesa

Paraíso (2010)

Martín y Sicilia

Sin título (2018)

Carlos Rivero

Packaging (2012)

Noelia Villena

Sin título (2010)

Julio Blancas

Duggi 36 y La mesa de El Pinar (2017)

Santiago Palenzuela

Habitación para la noche (2018)

José Herrera

Artes visuales, segunda década del siglo XXI. El resurgir de los discursos críticos y del activismo en el arte.

Lista de Elena García

paula_calavera

Porcelana de usar y tirar

Idaira del Castillo

Cristina Millares

Los constantes cambios sociales y políticos en la segunda década del siglo XXI, han llevado a la mayoría de artistas visuales a seguir potenciando en su obra el carácter crítico y activista que ya asomaba a principios de siglo. En la segunda década de los 2000, surgen además nuevos estilos vanguardistas y controvertidos, la sociedad es más consciente y crítica, y, por ende, el arte de esta década supera todos los límites establecidos y se vuelve más libre.

Las problemáticas actuales que afectan y preocupan a la sociedad canaria como la sobreexplotación de los recursos naturales o la globalización en las islas, el descontrol turístico debido a las masificaciones, el cambio climático, o cuestiones relacionadas con la igualdad y los estereotipos de género, el feminismo en toda su amplitud, los derechos del colectivo lgbti o el desarrollo de las tecnologías en la vida cotidiana con la incorporación de las IAS o de los NFTS, son algunas de las líneas discursivas que podemos ver en el trabajo de los creadores y las creadoras de la segunda década de los 2000.

Por otro lado, la activación del mercado del arte, con la proliferación de las ferias y bienales, el surgimiento de nuevos espacios expositivos y plataformas de venta que llegaron tras la pandemia de 2020, han hecho que la producción artística de este siglo en Canarias haya ascendido de forma notable.  Ejemplo de este crecimiento son las residencias artísticas que se desarrollan desde hace unos años en el TEA, Tenerife Espacio de las Artes, en centros de arte como el CAAM y la Regenta de Gran Canaria o las Residencias Nautilus en Lanzarote, que han favorecido que artistas emergentes cuenten con otros espacios alternativos para mostrar y potenciar su trabajo más reciente.

Hemos visto una recuperación de medios artísticos que parecían en desuso como la pintura o el dibujo, pero se hace evidente la incorporación de nuevos medios experimentales, mayoritariamente en el campo audiovisual. El arte urbano se reactiva en las islas y surgen potentes muestras de arte mural con mensajes reivindicativos, muchos de ellos obra de mujeres artistas.

El proceso creativo cobra más importancia que nunca, el trabajo previo, el concepto de idea para llegar a la obra final llama la atención de agentes culturales, comisarios y comisarias, quienes muchas veces incluyen algunas pinceladas en sus discursos expositivos.A continuación, iremos desgranando una selección de obras de 10 artistas emergentes y de media carrera que trabajan con soportes, conceptos y discursos diferentes,  pero cuyas piezas comparten un fuerte componente de crítica social.

Lista de obras de artistas visuales en la década de los 10s:

1.“Señoritas, 2016”, Paula Calavera

El dominio de la pintura en lienzos de gran formato por parte de la artista del mural Paula Calavera queda patente en este políptico. 

“Señoritas” forma parte de una serie de piezas que se centran en la figura de la mujer, y en las que el concepto de empoderamiento femenino está muy presente. Estas siluetas femeninas, representadas como si se tratase de madonas contemporáneas, comparten protagonismo con el paisaje en el que habitan, a la vez que se transforman y se mezclan con la vegetación. Pero en la obra de Calavera, las formas y las líneas están supeditadas al “gesto de los trazos y los chorros de pintura”.

Todas las mujeres representadas tienen los ojos cerrados y están erguidas, como dormitando y sintiendo que están expuestas al público en un espacio lleno de luz y colores casi ficticios.

2.“Porcelana de usar y tirar, 2018”, Cristóbal Tabares

La instalación del artista tinerfeño Cristóbal Tabares está formada por más de una veintena de platos comunes de plástico pintados a mano con rotulador permanente que imitan cerámica de China, Sargadelos, Fajalauza, portuguesa y de Delft. 

Para el artista, esta serie es un “quiero y no puedo”, una manera de demostrar a los chinos que él también sabe copiar, y en la que establece un diálogo entre la pieza única y la reproducción masiva. En la obra se enlaza la estética kitsch a la idea del souvenir, que a su vez se asocia al consumismo y al “arte barato”.

3.“Carmita, 2012”, Idaira del Castillo

La obra de Idaira del Castillo parte de situaciones propias de la vida cotidiana y de historias que son fruto de su imaginación. La artista es capaz de trasladar al lienzo la vida diaria y las formas de relacionarse socialmente con el entorno, a través de su visión personal. 

“Carmita” representa a una mujer que está tumbada y en actitud relajada tomando el sol, posiblemente en una playa o piscina. La figura femenina se sale del formato convencional y rompe todos los límites del lenguaje pictórico. Pintura plástica, esmalte de uñas, hilos, rotuladores, lápices de colores, ceras, acrílicos, pigmentos, tintes y telas, son algunos de los materiales que Idaira del Castillo utiliza para representar a esta mujer que en cualquier momento podría salirse del lienzo y “campar por el espacio a sus anchas”. 

La obra forma parte de la colección de la Fundación Canaria para el Desarrollo de la Pintura. 

4.“Política natural I, 2018”, Nicolás Láiz

Una serie de objetos provenientes de la naturaleza y materiales industriales propiamente contaminantes confluyen en la obra del artista lanzaroteño Nicolás Laiz y crean una dicotomía. Con esta fusión, aparentemente simple, el artista logra transmitir un mensaje profundamente elaborado y con un matiz crítico hacia una sociedad que ha derivado en una superproducción y un consumismo extremo y peligroso.

Laiz utiliza elementos dispares propios de la iconografía “tópica” de las islas: caracolas, callaos y tuneras que entremezcla con botellas de plástico, tótems y formas craneales, creando una figura icónica con valor propagandístico de la situación extrema y del desastre natural del siglo XXI al que se ve abocado nuestro territorio.

5.“Política natural I, 2018”, Cristina Millares

La evolución del medio fotográfico con la incorporación de nuevos métodos tecnológicos es un tema recurrente en la obra de Cristina Millares. En este retrato anónimo titulado “Mujer”, Cristina Millares expresa sus propias inquietudes, a través del análisis de la fotografía familiar de mitad del siglo XX, y de cómo ha ido evolucionando en la actualidad con el desarrollo tecnológico en la vida cotidiana de las personas.

La artista recupera el lenguaje pictórico para expresarse y combinar en su obra el misterio y la curiosidad a través de rostros difuminados que permanecen en el anonimato. 

Cristina Millares ocupa desde 2020 el estudio #3 de los espacios de creación artística del Centro de Arte La Regenta.

6.“Specto. Red de retratos, 2016”, Adassa Santana

El retrato, esta vez bordado y representado como un contenedor de memoria en la obra de la artista de Gran Canaria. A través de una red de piezas, Adassa Santana habla del género del retrato de forma histórica y de la necesidad inherente que tenemos hoy por compartir contenido subjetivo y personal en plataformas como Instagram, Facebook o Youtube, que ya forman parte de nuestro imaginario común. 

En la obra de Adassa Santana nos encontramos con una serie de autorretratos repetitivos que sugieren multitud y que se engarzan en un entramado de puntadas de hilos que crean, de manera sutil, símbolos subjetivos. A modo de selfie fotográfico, la artista borda de forma repetitiva su misma imagen, como si las puntadas fuesen disparos de la cámara que puedes repetir una y otra vez hasta dar con “ la foto perfecta”, esa fotografía que necesitas subir inmediatamente a las Redes Sociales.

7.“Dios, 2017”, Marco Alom

La obra forma parte del proyecto “Un año en Patmos”, inspirado en el “Apocalipsis”, el famoso libro que el apóstol San Juan escribe en su vejez en la isla de Patmos, obra clásica de nuestra cultura que ha servido de soporte ideario a muchos artistas de diferentes disciplinas. Alom utiliza este texto para dar rienda suelta a su imaginación y representar en su obra, a través de la tinta, la acuarela y el pan de oro una escena fantástica que nace de sus propias obsesiones, las cuales forman parte de su imaginario conceptual. 

Existe una simbiosis en la obra entre la isla de Patmos y El Hierro, lugar donde el artista estuvo un año sumido en este proyecto artístico. La isla del Hierro es para Alom su Patmos particular, su refugio, un “territorio psicológico donde el artista recrea y traduce lo que nace entre la delgada línea de lo territorial y lo intangible”. En esta pieza el artista plasma todas aquellas cuestiones que le obsesionan, habla del territorio que habita,  también sobre Historia del arte,  iconografía e incluso antropología.

8.“La Pasión según Mäkelä, 2019”, El Viajero del Faro

Pedazos de madera, metales, tejidos y “objetos encontrados” son algunos de los materiales que el artista utiliza en esta pieza para representar una metáfora de su propia vida, recomponiendo momentos de crisis personales que le han llevado a reflexionar y a sobreponerse, buscando nuevos caminos y retos. Esta obra trata del silencio, del valor enérgico que tiene, y como éste nos conecta con nuestro yo interior. 

Los elementos en desuso que forman la obra están prácticamente sin intervenir, el artista los usa tal y como los encuentra, respetando sus diferentes texturas y contrastes. Como material predominante en la obra aparece el hierro pues, a pesar del desgaste y la corrosión provocada por el paso del tiempo, siempre resiste.

9.“Jaleo real, un muerdo, 2019”, Lía Ateca

Entorno, identidad y feminismo, tres conceptos clave en la obra de Lía Ateca. En esta pintura, los colores y las siluetas toman forma de acontecimientos vitales que se complementan con estados psíquicos, representados con formas y colores diferentes. Lía Ateca narra en su obra un acontecimiento a la vez que construye espacios enérgicos y fuertes. 

La obra colorista de la artista lagunera es reflejo del mundo que le rodea, de una circunstancia concreta y un entorno, pero también de lo más íntimo y subjetivo. Las formas geométricas representadas están cargadas de belleza y sencillez y van construyendo y representando un lugar, el espacio que habita la propia artista.

10.“Sin título, 2013”, Ayoze Jiménez

Ayoze Jiménez muestra su visión del mundo a través del arte urbano, pero en ocasiones esa visión la plasma, de manera provocativa, en el lienzo. Por medio del graffiti y de medios más tradicionales como la pintura y el dibujo, el artista de Gran Canaria transmite su mensaje socio político, un discurso que cuenta con una fuerte carga de crítica social. 

La obra es un autorretrato alegórico del artista en el que se representa en un instante inquietante, fruto de situaciones que previamente ha presenciado en la calle. Jiménez representa en su pieza a una sociedad condicionada, atrofiada y frustrada. Una sociedad consumista y capitalista que vive al límite de sus posibilidades y que el artista es capaz de representar a través de acrílicos y carboncillos. 

El artista planta cara al espectador y directamente le reta, le invita a cuestionarle y a juzgarle cuando éste se te sitúa frente a su obra.

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