POESÍA

Década de los 10

La echazón

Eugenio Padorno

El libro de Fabio Montes

Bruno Mesa

Brevísima relación de la destrucción de June Evon

Tina Suárez

Cuaderno del orate

Cecilia Domínguez Luis

Un sudario

Rafael-José Díaz

Mapa del exilio

Coriolano González Montañez

La piedra habitada

Ricardo Hernández Bravo

El libro de las horas y los días

Dolores Campos-Herrero

Deseo y la tierra

Aida González Rossi

Trilogía del temblor

Daniel Bellón

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Los años recientes: 2010-2019. Una propuesta de lecturas de poesía canaria.

Hablemos de ayer mismo, refirámonos a lo que en poesía está aconteciendo justo ahora, este ahora que tratamos de acotar bajo la expresión “lo más actual”, a sabiendas, sin embargo, que ya llegamos tarde. Los tiempos de la escritura poética no corresponden con los tiempos de su edición. Hay libros que consideramos actuales porque acaban de ser publicados, aunque fueran escritos hace ya años. Cogerle el tranco a la poesía es tarea imposible. Con todo, por esa misma razón, intentarlo se convierte en una aventura apasionante.

 

Por ejemplo, en los dos años que siguen inmediatamente al decenio editorial que aquí se revisa, 2021 y 2021, publican obras Yeray Barroso, Silvia Rodríguez, Verónica García, Pablo Alemán, José Miguel Perera o Federico J. Silva. Tales libros bien pudieran haber ocupado estas páginas, si el criterio de inclusión no fuera justo la fecha de edición.

 

El decenio que va de 2010 a 2019, expandido incluso hasta este hoy fluido de 2021, constituye el periodo de aparición de las primeras o segundas obras de un grupo de poetas insulares que no alcanzan todavía los treinta años de edad, además de la etapa de madurez creativa de autores y autoras que comenzaron su actividad a principios de los 90 del XX. También, aunque en menor medida, en este lapso se publican algunos libros mayores de poetas protagonistas literarios de la época transicional, la que va de finales de los setenta a esa penúltima década del siglo XX. Vayamos por partes.

 

Como en cualquier periodo literario que se califique como “último” o “reciente”, buena parte del esfuerzo editorial desplegado entre 2010 y 2019 atiende a las obras de poetas jóvenes. En mi opinión, entre los más jóvenes, son ellas, las poetas, quienes están aportando las propuestas más avanzadas de escritura. Además, por primera vez la presencia pública de estas autoras reivindica explícitamente una genealogía femenina (y también feminista) que las liga a sus hermanas insulares. Andrea Abreu, Alba Tavío, Covadonga García Fierro, Tayri Muñiz, Aida González Rossi o Katya Vázquez Schröder quieren vinculares con poetas de generaciones anteriores como Macarena Nieves Cáceres, Paula Nogales, Tina Suárez, Alba Sabina Pérez o Acerina Cruz. También con Lola Campos-Herrero, Olga Luis Rivero, Susi Alvarado, Elsa López, Cecilia Domínguez Luis y Olga Rivero. Por supuesto, hay otras menos reconocibles. Pienso por ejemplo en Goretti Ramírez, que en veinte años ha publicado solo tres breves libros, o en Candelaria Villavicencio, cuyos poemas son únicamente rastreables en las redes sociales y en obras colectivas.

 

Decía también que en esta segunda década del XXI serán publicados libros de madurez y obras mayores de poetas pertenecientes a las generaciones literarias que protagonizaron tanto la transición como el fin de siglo. Entre 2010 y 2019, una parte de estos poetas publica obra con la que se culminan determinados ciclos de escritura. De la misma manera, es posible detectar algunas aparentes interrupciones y clausuras creativas que se apuntan definitivas. Un indicio de tal fenómeno queda reflejado en la publicación de amplias antologías y en la edición de obra reunida.

 

La proyección de la poesía insular en las primeras décadas del XXI tiene, con todo, una ineludible vertiente editorial. Si durante el siglo XX la publicación de poesía canaria estuvo circunscrita prácticamente a los límites del archipiélago, del 2000 en adelante se aprecian dos fenómenos que amplían la visibilidad de la literatura escrita desde las islas. Por un lado, ciertas editoriales peninsulares muestran una sostenida atención por la obra de poetas insulares, algo bastante infrecuente en etapas anteriores. Ilustra esta fidelidad el trabajo de Pre-Textos y, más recientemente, el de El sastre de Apollinaire o Ediciones Franz. Por otro lado, el siglo XXI ha supuesto una marcada expansión hacia el exterior de proyectos editoriales afincados en las islas. Ediciones La Palma y Editorial Baile del Sol son, quizás, las iniciativas que mejor ejemplifican este fenómeno.

 

Aunque la advertencia resulte redundante, a la luz del número de poetas mencionados hasta aquí, conviene aclarar que la propuesta de lecturas que encontrarán a continuación no deja de ser una entre varias alternativas. Tampoco, creo, es posible encontrar una línea estética o programa poético que aúne los libros que se seleccionan. Dicho esto, aquí dejo anotados diez libros de poesía canaria para el decenio 2010-2019: 

 

  • La echazón, de Eugenio Padorno (2010. Anroart Ediciones); 
 
  • El libro de Fabio Montes, de Bruno Mesa (2010. Ediciones La Palma);
 
  •  Brevísima relación de la destrucción de June Evon, de Tina Suárez (2013. Ediciones Vitruvio); 
 
  • Cuaderno del orate, de Cecilia Domínguez Luis (2014. Ediciones La Palma); 
 
  • Un sudario, de Rafael-José Díaz (2015. Editorial Pre-Textos); 
 
  • Mapa del exilio, de Coriolano González Montañez (2016. Editorial Salto de Página); 
 
  • La piedra habitada, de Ricardo Hernández Bravo (2017. Ediciones La Palma); 
 
  • El libro de las horas y los días, de Dolores Campos-Herrero (2018. Consejería de Turismo, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias);
 
  • Deseo y la tierra, de Aida González Rossi (2018. Editorial Cartonera Island);
 
  • Trilogía del temblor, de Daniel Bellón (2019. Eolas Ediciones).
 

 

Aunque en 2005, con la aparición de Cuadernos de apuntes y esbozos poéticos del destemplado Palinuro Atlántico, Eugenio Padorno había recuperado parcialmente la escritura de poemas en verso, será La echazón el libro donde volverá la escritura de Padorno a ahondarse en la elaboración del poema, ese rehacer “una oscura habla seca”. La echazón puede entenderse como la otra cara de los apuntes y esbozos del destemplado, en el tránsito desde la figura del piloto Palinuro a la de un simple remador, aquel del texto que abre la primera sección del cuaderno publicado en 2010. El espacio de pensamiento que sostiene ambas obras, sin embargo, es el mismo: el exigente y en absoluto ingenuo adentro del mirar -parafraseando al propio Eugenio- que es el lenguaje en el poema; la contemplación de la vida (y su memoria) justo en ese lugar (y filo) entre una palabra y otra, escenario verbal de reflexión que, en la poética de Eugenio Padorno, tiene su contraparte biofísica en esa región liminar del mar de las orillas insulares.

 

 

En El libro de Fabio Montes, Bruno Mesa propone, orillando la trama de la heteronimia, el derribo de la estereotipada equiparación entre identidad, poesía y afectividad. Igualmente, cuestiona de manera radical la existencia del anhelado vínculo entre la escritura lírica y el acceso a lo inefable. En el poema titulado “Cuando venga” pueden encontrarse estos versos finales: “No estaré cuando venga. / Solo estaré en las cosas / que me hicieron, si acaso / esas cosas fueran ciertas”. Para Bruno Mesa la duda es, quizás, la única justificación posible y precaria de la escritura ante la vida. El libro de Fabio Montes pone en cuarentena lo que creemos saber en y mediante el poema. No obstante, gracias a ese desasimiento radical de aquello que tendemos a identificar como lo genuinamente lírico, la escritura de Bruno Mesa reabre la posibilidad de religar poesía y pensamiento. Repito, acaso.

 

 

Brevísima relación de la destrucción de June Evon, de Tina Suárez, comparte con el libro de Bruno Mesa la deserción de lo lírico. Brevísima relación es un libro de poemas que puede leerse como una novela o visualizarse como una de aquellas clásicas películas con grabación en cinemascope. A partir de una red de voces múltiples -la corista, el reverendo, el vaquero, el detective de Pinkerton o el indio cheyenne, entre otras-, los poemas narran los sucesos que llevarán a la muerte de June Evon, una “forajida” en el Far West americano. Las perspectivas, justificaciones y cuentos sobre June Evon, mujer siempre enmudecida, se solapan, complementan o contradicen de un poema a otro: no hay voz ni relato veraz o todos lo son. Tina Suarez explora así los límites del poema como pocos lo han hecho en español (como Diego Maquieira, Pedro Casariego Córdoba o Martín Gambarotta). El novelista Alexis Ravelo ya dejó escrito que Brevísima relación sería un libro disfrutado y reivindicado por quienes “gozan con la desacralización y la subversión literaria”. Y es cierto.

 

 

 

Si algo caracteriza la escritura poética de Cecilia Domínguez Luis es su versatilidad. La propia autora ha indicado en varias ocasiones que cada uno de sus libros resulta de un proyecto concreto. Un proyecto que necesita configurarse inevitable desde un determinado lenguaje o, de manera más precisa, en los que la autora necesita hallar el lenguaje que lo defina. En el caso de Cuaderno del orate, Cecilia Domínguez probablemente se haya enfrentado a una de las decisiones de escritura más difíciles en su ya amplia trayectoria ¿Qué voz puede relatar el secuestro y encierro compartido durante cuatro meses en un hospital psiquiátrico? En una breve reseña sobre el libro, Juan José Delgado apunta con precisión que el origen y causa de esa condena es “la sinrazón de una mente que, gracias a ello, será la autora de un cuaderno poético”. Cuaderno del orate puede interpretarse como el diario de una iniquidad. Escribe Cecilia en el poema “Día 24” de la sección Cuarto mes: “El diablo gira dentro de los peces circulares / […] Duerme la selva en los heridos pies del jinete. / Y yo me alejo y te llamo. Yo soy el enemigo”. En la superposición y combinación de imágenes se expande el sentido de cada poema, para llegar a fijar el perfil del enajenamiento y la pérdida de una vida. Sin duda, Cuaderno del orate es uno de los grandes libros de Cecilia Domínguez Luis.

 

 

 

En 2012, Rafael-José Díaz reunió, en el volumen titulado La crepitación, los libros que había publicado hasta entonces. Con los poemas de Un sudario, escritos entre 2005 y 2013, se abre un nuevo ciclo creativo que continua en su más reciente obra editada: Bajo los párpados de quien se aleja (Editorial Pre-Textos. 2021). Un sudario propone un desdoblamiento por el que el propio cuerpo -en libros anteriores, espacio para el reconocimiento y el hallazgo erótico y amoroso- se convierte en ese lienzo que lo cubre tras la muerte y que da título al libro. Los poemas se extienden desde ese “umbral abandonado” en un flujo reflexivo y elegiaco sobre las pérdidas de la infancia, de la memoria, de los otros amados y cómo en ese tránsito marcado por el desasimiento aún es posible “respirar en el límite”.

 

 

 

El poeta y narrador Fernando Sanmartín afirma que los viajes son como la propia vida: “una colección de lo que no esperamos”. Quizá porque acepta ese principio, Coriolano González Montañez mantiene el mismo título, El viaje, en las dos antologías (2002, Ediciones Baile del Sol y 2021, Editorial Liliputienses) que dan fe de su trabajo poético durante cuatro décadas. La cartografía de lo cotidiano y la necesidad de cumplir con la memoria son los ejes más reconocibles de su escritura. Lo son sin duda para Mapa del exilio: “Soy heredero de los viajeros anónimos, / de los aventureros de lo cotidiano, / de los abandonados en los muelles / […] Siempre hay alguien que parte / y otro que ocupa su lugar”. Al preguntarle sobre su condición de poeta canario, el autor suele contestar que el único territorio en el que se reconoce es el de la memoria. En sus poemas, los lugares están construidos sobre la memoria de un instante siempre único e irrepetible y, por ende, destinado también al olvido. La escritura poética salva en la medida en que permite habitar aquello que ya no existe.

 

 

 

Los libros poéticos de Ricardo Hernández Bravo responden frecuentemente a una idea catalizadora a partir de la que orbitan los poemas que los constituyen. En el conjunto, cada poema acota un ángulo del sentido global, una versión de aquel, aun completa. La piedra habitada parte, en cierto sentido, de una deuda, de una deuda con la memoria del territorio y con quienes antes hicieron de él aquello en lo que ahora buscamos nuestra propia raíz. El ser es interdependiente o no es. Se es en: “Insemina la piedra / el tiento de la mano en su escrutinio”. La aceptación de tal principio conmina a un lenguaje para el poema igualmente acodado en ese reconocerse territorial, en su aceptación y fidelidad, a sabiendas de que supone hacer hablar una lengua silenciada, tenaz e intencionalmente olvidada, incluso, “margullendo su huella”.

 

 

 

2017 y 2018 son los años en los que se cristaliza la recuperación literaria de Dolores Campos-Herrero, fallecida en 2007. La edición de El libro de las horas y los días ha sido supervisada por Santiago Gil, poeta, narrador y periodista como la propia autora. En el prólogo a la obra, Santiago Gil señala como rasgo básico de la escritura poética de Lola Campos su carácter ficcional y narrativo. Aunque El libro de las horas y los días no puede ser considerada una obra orgánica, la mayoría de sus poemas están enmarcados por la revisión irónica de ciertas imágenes estereotipadas de la mujer y su relación con las figuras masculinas. El título del volumen connota la vida medieval y el mito, y en sus poemas se relatan, junto a sueños y juegos infantiles, las historias cuestionables de sanjorges, caballeros, príncipes, brujas y juanasdearco, licántropos y damas. Todo se combina -y se desarticula críticamente- desde la memoria y los espacios de la vida cotidiana. O como Campos-Herrero sentencia: “A pesar de todo, salimos ilesos. / A pesar de soñar a todas horas”.

 

 

 

Deseo y la tierra es el primer libro publicado por Aida González Rossi y, en mi opinión, constituye uno mejores libros de poesía editados en el último lustro. El ritmo desenfrenado y las imágenes poéticas que se funden entre sí de manera excepcional requiere una lectura intensamente emocional de los dieciocho textos que conforman la obra. Quien lee es testigo del despiece desinhibido, inmisericorde y salvaje de cómo las normas sociales actúan en la conformación de una identidad y deseo de una mujer joven, de cómo la violencia heteronormativa deja una huella que, paradójicamente, hace ser. Aida escribe: “el dolor hace sentir bien en cierto modo. / y la pérdida pregunto. y la pérdida es lo mismo. y la pérdida es así pregunto agarro a mi amiga por los brazos. / y todo este deseo inmóvil”.

 

 

 

Trilogía del temblor, de Daniel Bellón, ejemplifica el caso de una publicación que actúa como cierre de un ciclo creativo. El libro reúne tres obras diferentes, dos de ellas publicadas con anterioridad: Cerval (El Baile del Sol. 2009) y Coltán (Biblioteca de las Indias, 2012), además de Febril, obra inédita que recoge poemas escritos entre 2011 y 2016. Si bien las tres obras fueron redactadas independientemente, comparten un núcleo de constantes escriturales perfilado por Daniel Bellón durante diez años. Un poema de Coltán dice: “Disueltas las hojas de ruta / en los mapas del futuro / habitan los monstruos. // Tierra incógnita. // Solo nos queda la carencia / y palabras errantes / temblorosas / para decirla.” Carencia frente a acumulación. Para Daniel, el poema actúa como un ejercicio de conjetura crítica desde el cual afrontar la evidencia del impacto de ciertas prácticas sociales y lingüísticas como mecanismos de poder generadores de sufrimiento y desigualdad. Así, el texto poético ocupa espacios retóricos, mecanismos verbales y hábitos expresivos para hacerlos explícitos, evidentes. La función de esa ocupación no es otra que mostrar conflictivamente la aceptación automatizada de determinadas jerarquías (sociales y de pensamiento). En los poemas de Trilogía del temblor se ensamblan indistintamente versos de otros autores junto a expresiones de la música popular, del lenguaje científico y del discurso económico. Todo vale para friccionar los modos de un lenguaje que refleja prácticas alienadoras. Entonces, el poema -esa “tenue vibración apenas bajo la intensidad / del grito / que habitamos”- en contraposición a los modos del pensamiento único.

 

 

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Un comentario

  1. La sombra y la apariencia (2010), Andrés Sánchez Robayna.
    Heracles loco y otros poemas (2012), Francisco León.
    Despertares, los huesos (2013), Goretti Ramírez.
    Territorio (2015), Lázaro Santana.
    Pronóstico del tiempo (2015), Daniela Martin Hidalgo.
    Fuego de nadie (2016), Verónica García.
    Para un dios diurno (2017), Alejandro Krawietz.
    La casa sobre el mar (antología, 2017), Miguel Martinon.
    Según la luz (2018), Melchor López.
    Si la arena resiste (2019), Acerina Cruz.

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