MÚSICA

Década de los 90

Toque a degüello

Guerrilla Urbana

Ángel guardián

Los Coquillos

¿Subiremos al cielo?

Ataúd Vacante

La vida es así

Eso es

Lunas rotas

Rosana

Tan cerca de mí

Pedro Guerra

Pregnant

Soviet Love

Samba de otro mundo

Arístides Moreno

Etiolated

Cabeza Borradora

Puntales

José Antonio Ramos

Queremos tu opinión

Esta es la selección que han realizado nuestros colaboradores, pero ¿tienes algo que aportar? puedes hacerlo al final del texto.

Siglo 20. Fin: espejismo y realidad

Por decirlo como un bolero: el reloj de las músicas contemporáneas de Canarias casi nunca marcó el compás de las corrientes foráneas. Tampoco su escasa industria cultural. Lejos de los grandes mercados, incluso de la escena nacional, y cautivas de un público que aprecia más lo caribeño y lo folclórico, las músicas modernas en las islas han bailado siempre una hora después. Pero si hubo, ejem, un momento en el que las músicas pop de Canarias lograron una cuota de pantalla en la liga sonora nacional fue la década de los años noventa. Un instante casi efímero que sumó el nacimiento de cantautores luego afianzados en el cielo musical estatal, la eclosión de un par de grupos de rock indie que pujaron al alza en las ligas menores y otros pocos francotiradores musicales que lograron sobrevivir a los años ochenta.

Con las ascuas aún en llamas de Juan Belda, influyente ex miembro de Arte Moderno que en 1990 publicó el disco La Pasión en el sello madrileño Grabaciones Accidentales, la década de los 90 arrancó en Canarias con el canto del cisne de la mayor compañía discográfica que hubo en las islas. Aquella ambiciosa campaña de Manzana en el verano de 1992 quedó como el último intento de lanzar el pop isleño al mercado exterior. También un par de discos reseñables, como el único publicado por Venus en Surf y el segundo de Guerrilla Urbana, el grupo de La Laguna que una década después de la muerte de Sid Vicious trató de poner en hora el reloj de arena del punk canario.

 

 

En los años 90 dos novedades cambiaron, y para siempre, las reglas del juego en el mercado de la música. La liberalización del mercado discográfico y el acceso progresivo a las nuevas tecnologías hicieron posible la aparición de los sellos independientes y esta corriente alternativa a las grandes editoras multinacionales tuvo lógico reflejo en el mercado musical de Canarias. Son los años dorados del disco CD, formato que abarata costes de producción y facilita también la distribución respecto al anterior formato comercial del disco de vinilo. En este escenario de paulatina digitalización de la música pop en un nuevo formato comercial masivo, las islas contemplan la aparición de dos fenómenos contemporáneos pero siempre paralelos: el regreso de los cantautores de voz y guitarra y la eclosión de un puñado de grupos rock de sonido indie. Que reaparezca la voz del cantautor/a y que el nuevo rock gire hacia el indie y la electrónica no es un rasgo característico exclusivo del desarrollo sociocultural de Canarias, pero en ambos patios sonoros de la década el acento isleño será notable.

De las cenizas de Taller Canario de Canción (luego Taller Canario y, al final, solo Taller, con Andrés Molina y Rogelio Botanz), el tinerfeño Pedro Guerra apostó su carrera ya apreciable como artesano de canciones hacia una proyección estatal que pisaba suelo abonado. Con su traslado definitivo a Madrid, senda de exilio que desde siempre ha caracterizado a los creadores canarios que buscaron una forma estable de vivir de su arte, el cantautor de Güímar encontró acogida y plataforma de lanzamiento en Libertad 8, pequeño local de conciertos del barrio de Chueca que nucleó buena parte de la nueva generación de cantautores. Fue allí donde Pedro Guerra registró en directo la versión definitiva de su primer disco en solitario, Golosinas (que antes grabó en estudio con la banda del músico brasileño Chico Buarque y sigue aún inédito, pese a que su sonido perfeccionista ha madurado bastante bien), y lo que era un valor conocido en las islas acabó por ser una revelación en España y en los más importantes mercados musicales de Latinoamérica. Su disco de 1997, Tan cerca de mí, producido junto al músico africano Lokua Kanza, no solo confirmó las expectativas.

 

 

También iluminó Pedro Guerra los caminos nuevos de una ‘contaminación’ global que iba a transitar esta nueva canción de autor en castellano en las dos décadas siguientes. Una senda que al año siguiente alumbró Samba de otro mundo, disco grande de Arístides Moreno que sentó las bases de un sonido canario genuino y abierto a las grandes corrientes musicales de la canción.

 

 

 

Con el viento de los tiempos otra vez a favor, los cantautores gozaron de gran repercusión popular y comercial. Desde salas modestas como El Búho Jazz y Cuasquías en una escalera hacia el cielo. De pronto, las disqueras se lanzaron a la búsqueda de nuevos cantautores y desde Canarias se produjo otra aparición deslumbrante. Natural de la isla de Lanzarote, Rosa Arbelo consiguió que media España se contagiara de los estribillos sencillos de su canción bandera, El talismán, y su primer álbum, Lunas rotas, acabó por lograr lo que no se había visto en este país desde los tiempos de Mediterráneo de Serrat. Que no es poca cosa si no se olvida que los cantautores españoles, demasiado marcados por el simbolismo político durante los primeros años de democracia, habían quedado muy esquinados por un público hispano que siempre soñó con los delirios de grandeza de ser Londres o París antes que Buenos Aires, México o La Habana.

 

 

 

 

La explosión del nuevo indie tuvo una fecha de referencia en las islas. El viernes 5 de marzo de 1993, Las Palmas de Gran Canaria acogió el primer concierto que daba visibilidad masiva a esta forma de hacer rock. Cinco mil personas asistieron a la actuación del seminal grupo neoyorkino Ramones, con la banda local Vicious Soul como telonera, ampliando el alcance popular de todo lo que ya se programaba en salas independientes como Pub La Calle y Ruta 66, verdaderas reservas espirituales de unas músicas que no suenan en las radios de consumo mayoritario. Ya se dijo que la eclosión del indie tuvo rasgos distintivos respecto al fenómeno de la canción de autor, entre ellos el nacimiento de un par de compañías discográficas casi familiares, con unos catálogos reducidos aunque notables, como Ruin Records (Soviet Love, Sin Radio, Tupperwear, Inadaptados, Postman, King Trash Fandango) y Multitrack Records (Conemrad, Las Ratas, La Pista Búlgara, Imaginación Oculta). Y el inestimable apoyo de programas de las radios alternativas como En Bandeja de Plata, Tercera Planta o Explosivos en el Té. En estos espacios semanales sonaron todos los grupos regionales de músicas pop y rock, aunque esta efervescencia isleña duró demasiado poco para arraigar entre la audiencia canaria.

 

 

Otro apunte histórico para calibrar el auge global de las músicas (y su industria) independientes: el viernes 8 de abril de 1994 encontraron el cadáver de Kurt Cobain en su casa de Seattle. El líder de Nirvana usó su cabeza como un revólver y la noticia conmocionó el mundo, pero aquí en Canarias el sueño indie había durado tan poco que, a la vuelta del año, los grupos nuevos se las arreglaron para encontrar un camino viable en el erial discográfico. Son años de aventuras sonoras casi suicidas, como el proyecto de grupo encabezado por el veterano miembro de Facies Carlos Catana bajo el nombre de Eso Es. Creado en la isla de La Palma, Eso Es apostó todo a una mano y grabó el que sería su primer y único disco, La vida es así,  en Berlín con la producción de Bernhard Potschka, guitarrista del grupo punk de la cantante Nina Hagen. Algo similar ocurrió con otros vecinos de Eso Es.

 

 

Con un sonido crossover apto para todos los gustos, el grupo Ojalá Muchá peleó siempre por una receta sonora casi imprevisible en gran parte por la diversidad de gustos musicales de sus cuatro componentes. Esta panoplia de estilos hizo posible, entre otros logros, que las canciones de Ojalá Muchá llegaran a colarse en algunas radios universitarias de Estados Unidos, pero con el tiempo esa misma indefinición estilística terminó por ser más un lastre de identidad que el combustible necesario para dar el salto definitivo hacia el profesionalismo en su propio mercado insular.  

 

Otros artistas tuvieron algo más de suerte. En 1993 apareció el disco más completo del grupo grancanario Los Coquillos, Ángel guardián, que marcó otro hito en el cancionero regional con piezas como Báñate en Las Canteras y la etílica Borracho hasta el amanecer, sin dudas la mejor candidata isleña en una competición de karaoke.

 

 

Ahora sí que parecía que iba a ocurrir algo, pero la realidad es tozuda y en 1994 ya se sabía que el único camino para vivir de la música era la puerta de embarque del aeropuerto. Ese mismo año el que ha sido el grupo canario de rock más contundente y divertido en directo, Ataúd Vacante, se encontró descompuesto y sin disquera (Manzana rescindió el contrato previo intento artero de cambiar por Tractores el nombre fúnebre que llegó a publicitar el banquero Mario Conde en TVE) para editar su proyecto más robusto. Un buen ejemplo-síntoma de cómo se hacen las cosas culturales en estos páramos, porque el disco ¿Subiremos al cielo? tuvo que pagarse con el dinero ahorrado por sus cuatro músicos y, ay, solo pudo ver la luz comercial en 2014. Veinte años después: una factura pendiente de aquellos años 80.

 

 

Hubo que esperar al cierre de los años 90 para encontrar otros dos proyectos ilusionantes como pocos ha habido en Canarias, salvedad hecha de dos hitos culturales con forma de festival: Música Visual en Lanzarote y World of Music, Arts and Dance (Womad) en Gran Canaria. Desde esta misma isla fue el timplista José Antonio Ramos quien revalorizó como nunca se hizo antes el acervo folk e hizo gigante su pequeña guitarra de cinco cuerdas pariente del ukelele, el charango y el cavaquiño. La noticia fatal de su muerte, prematura e inesperada, se recibió aquella tarde del 4 de junio de 2008 en toda Canarias como la extinción de una especie endémica. Pero no fue así.

 

 

Por fortuna, la generosidad que siempre caracterizó la carrera y el talante personal de José Antonio Ramos para recibir o hacer escuela (de Totoyo Millares y Taburiente a Artenara, Germán López, Althay Páez y Beselch Rodríguez) se plasmó pronto en otra hornada de jóvenes timplistas que continuaron demostrando que el aprecio por el patrimonio cultural tradicional no está reñido con la valentía audaz de proyectarse hacia horizontes nuevos. Porque las músicas populares de Canarias no se entienden sino como la suma macerada durante cinco siglos de influencias del sur de la Península Ibérica, Portugal y América, como en 1978 explicó el musicólogo e investigador Lothar Siemens en una entrevista tan memorable como poco recordada: “En realidad no existe algo intrínsecamente canario. Nuestro folklore se ha creado de un cúmulo de circunstancias que, al combinarse de una forma que nunca se había hecho, dan tipos originales que parecen nuevos. Pero en rigor más del 90% de elementos no son originales. Entiendo que hay deseo muy ferviente en los canarios en demostrar que hay guanchismo en nuestro folklore, pero es imposible pensarlo”.

 

En el otro plato de la balanza sonora de los años 90 quedó situada la trayectoria de uno de los grupos de música electrónica que mejor supo codificar las corrientes circulares del pop. Desde La Orotava, con nombre de película de culto de David Lynch y guiños a Björk, Tricky, Happy Mondays y la cultura de club en Manchester y Bristol, Cabeza Borradora encadenó en la segunda mitad de esta década un puñado de piezas brillantes, bailables y adictivas. Dando desarrollo a las formas pop que llegaron después del acid-house, el único disco de este cuarteto del norte de Tenerife aún se guarda en los anaqueles privados de los aficionados isleños como el más nutritivo estandarte del movimiento trip-hop nunca visto en Canarias. Es cierto que su vida fue efímera, pero estuvo trufada de hitos que más de veinte años después merecen ser recordados como una lección de futuro: primer premio en el concurso nacional Huex 1997 y finalistas en certámenes de alto pedigrí pop como Rockdelux, Maravillas, Villa de Bilbao, Diario Pop o Disco Grande. Hubo que esperar a 2013, trece años después de su extinción como una estrella supernova, para que Cabeza Borradora rescatara todo su repertorio en un doble disco que más que resumen es epitafio de época: Everything Went Wrong.

 

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Un comentario

  1. Guerrilla Urbana, aparte del “Toque a degüello” publicaron 3 discos más en los 90:
    Palabra de dios… (1994)
    Spanish diarrea (1996)
    Bestiario (1999)
    Para ser un pretendido artículo objetivo y biográfico deja bastante que desear, se nota demasiado las preferencias musicales del redactor. Echen un ojo a nuestra web, les guste más o menos hay bastante material, el grupo sigue activo y muy vivo en la actualidad, a ver cuántas bandas superan esa trayectoria.

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