POESÍA

Década de los 90

Prehistórica y otras banderas

Leocadio Ortega

Los ciclos de la piel

Antonio Jiménez Paz

Querella del dolor

Fermín Higuera

Ofrenda del hombre

Bernardo Chevilly

El relato del cartógrafo

Ernesto Suárez

Fauna para el olvido

Alicia Llarena

El ojo entornado

Ricardo Hernández Bravo

Posibles enunciados

Verónica García

El ocio fértil

Pedro Flores

Altamarinas

Víctor Álamo de la Rosa

Queremos tu opinión

Esta es la selección que han realizado nuestros colaboradores, pero ¿tienes algo que aportar? puedes hacerlo al final del texto.

La década de los sueños

La década que me corresponde es la que va desde el año 90 al 99. ¿Por qué elegí esa década? ¿Por qué elegí esos diez títulos? No hay justificación ninguna que se ciña a aquellas que han sido propuestas por los libros de texto, por críticos y especialistas o por un canon decidido en las aulas o en los corrillos literarios. Mi planteamiento es puramente personal y sometido a un hecho concreto: la lista de títulos y autores que me ofrece la editorial que creé precisamente un año antes, en 1989, en la que aparecen nombres, fechas de publicación y títulos que me sugieren esa elección. No tengo otra razón que no sea el entusiasmo que puse en ellos en esos comienzos editoriales y en el orgullo que todavía siento al ver cómo sus obras posteriores han sido editadas, premiadas y elogiadas por críticos y expertos en la materia. Y, sobre todo, el temblor que me invade al recordar cómo llegaban cargados de sueños y ganas de contarlos.

 

En los años noventa llegan a Ediciones La Palma una serie de escritores canarios que marcarían lo que sería la tónica de la editorial desde sus inicios: el encuentro afortunado con voces nuevas. Prehistórica y otras banderas, de Leocadio Ortega Hernández (Madrid 1990), Los ciclos de la piel de Antonio Jiménez Paz (Madrid 1992), Querella del dolor de Fermín Higuera (Madrid 1994), y Fauna para el olvido de Alicia Llarena (Madrid 1997), aparecerían como libros aislados, como hallazgos fugaces, encuentros sorprendentes. Luego llegaría Ministerio del Aire. Una colección que necesitaba poetas que tuvieran la emoción, la fuerza y el sentido necesario para estar en ella. Unas ediciones que nacían con la intención de ser precisamente lo que nos ofrecía esa palabra: un ministerio sagrado. “Un oficio o trabajo asignado por el Señor para la edificación de su iglesia”, según la Biblia, o “un servicio que rinde una persona a otra”, según la otra acepción que ofrece la Real Academia. En ambos casos, la palabra servía para designar el empleo que se hace de una persona cuando se la considera digna de ello.

 

Habría que clarificar dos términos contrapuestos, pero etimológicamente emparentados que son magister y minister. Los dos tienen un sufijo común “ter”, comparación entre dos. “Magis” es más, y “minus” es menos. Magister es el más sabio y capacitado de los dos y minister el menos sabio, razón por la que debe estar “al servicio de…”. Si extrapolamos el término a la literatura nos daremos cuenta de la intención del título y el compromiso del mismo. Ministerio del Are sería como un pequeño testigo de talentos llenos de sueños; el empleo de ese talento en un cometido concreto: escribir y entregarse a los demás a través de la escritura. Es aquí donde debo indicar que la colección de poesía que lleva ese nombre debe estar al servicio del aire; al servicio de lo que vuela y se expande; de lo que se convierte en sueños. Ahí aparecerían muchos de los títulos de los que doy fe en la década de los noventa: Ofrenda del nombre de Bernardo Chevilly (Madrid 1996), Posibles enunciados de Verónica García (Madrid 1996), El ojo entornado de Ricardo Hernández Bravo (Madrid 1996), Altamarinas de Víctor Álamo de la Rosa (Madrid 1997), El relato del cartógrafo de Ernesto Suárez (Madrid 1997) y El ocio fértil de Pedro Flores (Madrid 1998). Retorno sería otra colección donde tendrían cabida poetas que regresaban después de un largo silencio y ahí también llegaron escritores y títulos de Canarias como Luis Feria (Fábulas de octubre Madrid 1964) o Pino Betancor (Cristal Madrid 1996), pero eso es ya otra historia.

 

Prehistoria y otras banderas. Inaugurar los noventa con Leocadio Ortega (Barlovento, 1956), es un ofrecimiento a los lectores que hice desde la inquietud, la perturbación que Leocadio me ofrecía en sus poemas. Me entregó su libro una mañana de viento como era habitual en su pueblo. “De Barlovento, ni el viento” se decía, y Leocadio supo mostrarme lo que el aislamiento, la frustración y la ternura, pese a todo, puede llegar a darnos. Él lo hizo. Durante años hasta la víspera de su muerte, supe de él por carta o por determinados encuentros cuando yo volvía a la isla y supe de sus viajes a la ciudad para pasear, ver algún amigo y acercarse al muelle a escribir los versos que le rebotaban en la cabeza. Y luego, morir en el mismo lugar desde el que tantos barcos vio zarpar sin importarle hacia qué lugar parecían dirigirse. Pero ahora es tiempo y debemos regresar/o tal vez perdernos/en este oscuro mar de tempestades

 

 

Antonio Jiménez Paz (San Andrés y Sauces 1961), amante de Paul Eluard, Silvio Rodríguez y Cesare Pavese, a partes iguales. Desintegrado entre moscas, tardes traviesas, alambiques y abreviaturas, escribe versos sobre la piel que nos recubre y todos los accidentes que tienen que ver con ella. Jiménez Paz me enseñó en los noventa a descifrar los poemas de Félix Francisco Casanova: la primera vez que lo vi/lucía blanca la yerba de su alfombra. Me ató a su dolor en un sofá, a su infancia en días normales, al cartero de las flores y a cómo hace tiempo preparaba una guerra breve. Cada poema, cada título de Los ciclos de la piel nos hacía adentrarnos en un paseo largo de arboledas turbias. Solo con los títulos de sus poemas podíamos hacer una tesis doctoral sobre una parte del universo.

 

 

Fermín Higuera (Santa Cruz de Tenerife 1961). Belén Castro escribió sobre él: “…su escritura es la respuesta a la llamada de la luz. Como la planta hacia la ventana se inclina su lenguaje hacia la claridad, y en ella se vuelca y se derrama en la armonía de fuerzas limpias que se encuentran.” Y Rafael Fernández añade: “Es uno de los más líricos de su generación. Muy preocupado por la elaboración exhaustiva del lenguaje…”. Lo afirmo y añado que quizá sea la música, ese don que tiene para interpretarla al piano, lo que le da ese “tempo” magistral para componer los versos, darles esa armonía, ese ritmo continuo sin graves ni alteraciones que puedan inquietarnos. Fermín Higuera vino a enseñarnos con Querella del dolor, como buen maestro de música que es, cuál es la medida, cuál el ritmo perfecto de unos versos, la cadencia métrica: su corazón ardido, /las ascuas de su carne hacia la hoguera. Y lo hizo siguiendo los pasos de San Juan de La Cruz: decidle, si por suerte/lo vierais en el bar o en las esquinas, /que cruje la distancia/en mis días alzados/que mi casa se hunde y que me muero.

 

 

Bernardo Chevilly (Santa Cruz de Tenerife 1961) nos trajo con Ofrenda del nombre, uno de los primeros poemarios de Ministerio del Aire que ofrecían al lector la posibilidad de recibir la belleza como un regalo. Chevilly se desprendía de sí mismo para entregarnos, entre otros dones, la esperanza, el temblor, la tristeza, el miedo, el olvido y el silencio. Bernd Dietz nos dice en el prólogo: “la poesía de Chevilly descansa, pues, sobre la belleza. Hay una musicalidad medida, una destilación de armonías sutilísimas, una exquisita exactitud tanto en la dicción como en la sintaxis… La belleza, así, es solo aparente, como aparente el escapismo que nos sustrajera al dolor.  No hay tal, ni escapismo ni belleza. En su lugar, cortante como un grito, estalla la lucidez de lo innombrable”.  La inocencia dignifica/los estragos del olvido, /la infeliz revelación de sus entrañas.

 

 

Ernesto Suárez (Santa Cruz de Tenerife 1963). Yo soy el hombre que escribe y sueña. Eso nos dice en El relato del cartógrafo. Y como buen cartógrafo selecciona, diseña y elabora los mapas y los gráficos que le señalan el camino de los sueños. Para él todo se halla en el trazo cerrado de los signos… /todo es en este libro/ que azul e impasible nos abarca. Es así como él define este poemario que, impasible, nos aguarda para explicarnos cómo es el sueño del mar, cómo es el de los navegantes, cómo son los meridianos sin clemencia, cómo existen otras geografías o cómo cifrar las regiones del desamparo. Y todo eso enfocado a buscar la luz de otros cuerpos donde poder guarecerse del naufragio en las costas de un cuerpo donde/la memoria de la muerte se olvida.

 

 

Alicia Llarena (Mogán, Gran Canaria 1964) llegó a mí con el premio de poesía Ciudad de Santa Cruz de La Palma. Fauna para el olvido dejó al jurado sin palabras y recitando en alto los poemas del manuscrito aún sin desvelar quién era la ganadora de ese año. Animales dichosos me poblaron el cuerpo/ cada vez que me amaste…. La verdad no duele. Solo clava su certeza/en nuestro pecho, y así el alma descansa de toda incertidumbre. Cada verso era una demostración de tejido perfecto, de perfecta construcción, y la forma de los poemas era nueva, diferente a otros poemarios que habían optado al premio. En el fondo, aparecían la infancia perdida, los seres que poblaban un mundo que se quebrantaba, los sueños, símbolos y metáforas que poblaban su memoria y le servían de refugio o de espejo en el que mirarse y descubrir lo que amaba. Así era la fauna que habitaba dentro de ella.

 

 

El ojo entornado, de Ricardo Hernández Bravo (El Paso, La Palma 1966). Cuando Ricardo escribe un poema, uno no sabe si lo que va a encontrar en los versos son palabras de lápidas al sol o acertijos propuestos en el delirio de una fiebre o un cuento para niños muy grandes que juegan a adivinar dónde están esos ojos que miran detrás de las puertas, dónde los cerrojos o los miradores de madera. Los ojos de Ricardo Hernández navegan, merodean, se fijan en puntos invisibles a los ojos, en semáforos, en la espuma que sube y se repliega, paraísos de un árbol sin hojas por donde la luz se filtra. Hacia tu mano cuelgan paraísos/del árbol sin hojas. Donde el cuerpo/da sombra a su propia sombra, fácil a lo prohibido/ como boca de niño.

 

 

Verónica García (Las Palmas de Gran Canaria 1967) Agoniza el capítulo en la búsqueda/no hay constante, se repite el olvido/viaje del que vuelvo con un nuevo desgarro. Verónica escribe para rehacer la historia, fotografías que se repiten, suaves telarañas donde hundir el tacón, habitaciones que amanecen vacías en las que ella se despierta una y otra vez para encontrarse en caminos que no tienen fin y la conducen inexorablemente hacia un mar sólido. Verónica volverá una y otra vez sobre sus pasos, recorrerá nuevas habitaciones de hoteles nuevos con un número idéntico, visitará ciudades y salones, lugares que conoce o se inventa, y siempre volverá a las mismas orillas. Porque ese es su destino y ella lo sabe desde este primer libro que depositó en mis manos. Tengo la cabeza en el pie/ y las olas no dejan de mirarme a los ojos. Porque ella repite el mar, una y otra vez en Posibles enunciados.

 

 

Pedro Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) nos ofrece en el El ocio fértil una lección de historia, de literatura y de cualquier cosa que se le ocurra, con la palabra afilada, el tono irónico y las frases a punto de dejarnos descolocados. ¿Cómo se atreve? Repetirán una y mil veces los ortodoxos del arte de la rima. ¿Cómo vamos a consentir que se burle de hechizos, lugares sagrados, sagradas figuras del arte, la religión o la literatura?  Se harán eco los monjes y sacerdotisas. Pero él, hará alarde de su furia poética y declarará en un maravilloso conjuro que Esta noche/en el punto y la hora/ convenidos, /nos reuniremos todos:/ Quasimodo, Cyrano, / el Minotauro, /las hermanastras de Cenicienta, / el fantasma de la Ópera. / y quien les habla, / Afilaremos/ nuestros rencores, /sincronizaremos/ nuestros desamores/ y saldremos a decolorar/ príncipes azules.

 

 

Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife 1969). En Altamarinas reside el Víctor Álamo que muchos desconocen, del que nada saben y, a pesar de ello, citan sus frases, sus novelas y sus historias de leprosos y caníbales, de gentes que recorren el mundo en El año de la seca o en Terramores. Los he leído y puedo hablar sobre ellos durante horas. Pero ahora quiero citar este libro que llegó a mis manos en 1996 y publiqué en 1997 y del que su autor nunca habla y rara vez menciona en su bibliografía y que es, para mi gusto, el mejor. Creo que estaba lleno de amor, / de nostalgia a borbotones, / y te echo de menos, / de menos como si aún existieras/ a pesar de que llueve, / de que cae esta noche y no te encuentro. Y me atrevería a pensar el por qué y me atrevería a decirlo si no fuera porque ya lo dice él casi sin quererlo con esa voz poética que llegó a mí una tarde y se hizo imprescindible en los nombres de Ministerio del aire. El mundo ha cambiado, / es más incomprensible, /he perdido mi lagarto/ y la cuenta de los poemas que te escribo.

 

           

Y aquí están reunidos una vez más; descolgados de mis estantes, agrupados cerca de mi alma y suspendidos del hilo transparente de un sueño común.

Queremos tu opinión

¿Crees que falta una obra? ¿No estás de acuerdo con la selección? ¿Tienes algo que aportar? ¿Quieres enviarnos tu propia lista?

Un comentario

  1. Invierno de la piel (1990), Pilar Lojendio.

    El cónsul del Mar del Norte (1990), José Carlos Cataño.

    La memoria olvidada. Poesía completa 1973-1976 (1990), Félix Francisco Casanova.

    Dado de lado (1992), Juan Ismael González.

    Cementerio de elefantes (1992), Elsa López.

    El salmo del rocío (1993), Pino Ojeda.

    Girandula (1993), Olga Rivero Jordan.

    Laberinto de espejos (antología personal, 1994), Manuel González Sosa.

    Altos del sol (1995), Melchor López.

    Paseo antes de la tormenta (1996), Eugenio Padorno.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.