POESÍA

Década de los 00

Teoría de la luz (amor más vivo)

Miguel Pérez Alvarado

La ciudad circular

Daniela Martín Hidalgo

Los párpados cautivos

Rafael-José Díaz

Trenístenla es venida

José Miguel Perera

Era Pompeia

Federico J. Silva

Terraria

Francisco León

La palabra perdida

Elica Ramos

La casa transparente

Ernesto Suárez

Agua

Yaiza Martínez

Las cosas no tienen mamá

Tina Suárez Rojas

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Una década de luz

Resulta muy complejo realizar una selección de diez libros de poesía canaria en el periodo que va desde el año 2000 al 2009. Creo que no es necesario aclarar que no tengo, ni pretendo tener, autoridad (¿quién, en el fondo, podría arrogarse tal mérito en un género como la poesía?) para considerar los libros que voy a mencionar a continuación como representativos de nada, ni para afirmar que son mejores ni peores que otros aparecidos en el mismo periodo. Ni siquiera puedo decir que esta selección parta de un conocimiento exhaustivo de todo lo que se publicó por entonces: si acepté la amable invitación del Círculo de Bellas Artes fue como un lector que comparte inquietudes en el mundo de la poesía. Lo que sigue es una relación de libros con los que pude establecer puentes de lectura en algún momento, libros que me permitieron dialogar, la mayor parte de las veces en silencio, sin siquiera contrastar pareceres o puntos de vista con las personas que los escribieron en su momento.

 

El siglo XXI empezó con muy buena salud para la escritura poética de las Islas Canarias, no solo por la cantidad y calidad de los textos editados en ese periodo, sino porque se producía, en el panorama editorial, una notable confluencia de “generaciones”, por utilizar un término meramente didáctico: a quienes de forma constante seguían dando a conocer su trabajo desde hacía tiempo, se sumaban quienes empezaban a publicar su obra por aquellos años.

 

Pero antes de comentar los libros que he seleccionado, me gustaría mencionar algunos hechos que ayudarán mejor a contextualizar la década de 2000-2009. Algunos sucesos luctuosos ensombrecieron el panorama de las letras canarias en aquellos momentos. En 2002 fallecían dos autores imprescindibles para la poesía insular: Pino Ojeda, la veterana escritora nacida en 1916 y Manuel Padorno, todavía en plenitud creativa. Durante esa década tuvimos la suerte de conocer novedades editoriales de ambos autores: de Pino Ojeda se publicó en 2007 Árbol del Espacio (Archipliego-Domibari) y de Manuel Padorno Cancón Atlántica y Edenia (ambos editados por Tusquets, en 2003 y 2007, respectivamente). Al final de la década se nos va José María Millares Sall, que justo un año después habría de ser distinguido con el Premio Nacional de Literatura con un significativo título abarcador de la década: Cuadernos (2000-2009), publicado por Calambur, en edición de Jorge Rodríguez Padrón. Tampoco quiero dejar pasar la oportunidad de mencionar otra obra fundamental aparecida justo en el cambio de milenio, de un autor canario establecido largo tiempo en Costa Rica. Aunque sabíamos por referencias de la poesía de Antidio Cabal (1925-2012), nunca se había publicado a este lado del Atlántico un libro suyo. La colección de poesía del Gobierno de Canarias editaba en 2000 su libro Campo Nublo, un conjunto de 813 textos breves en prosa poética, dotados de una extraña potencia poética, un híbrido entre la propia poesía, el aforismo, el diario y hasta la greguería. Este libro (publicado años después en al menos dos nuevas ediciones) me generaría una sed que no pude saciar hasta años recientes, gracias a otros libros rescatados. Y finalmente, como cierre de esta especie de declaración de intenciones, quiero nombrar otra publicación extraordinaria de uno de los grandes poetas canarios de la modernidad, que no vería la luz sino en 2008. Archipliego-Domibari lanza Esqueleto del agua, de Pedro Perdomo Acedo (1897-1977), en una cuidadísima edición ilustrada por el artista Pepe Dámaso. Se trata de un libro cuyo tardío conocimiento vendría a reorganizar el panorama histórico de la poesía canaria contemporánea, desdibujado precisamente por la precariedad endémica del mundo editorial de las islas. No debemos olvidar, finalmente, la vigencia de algunas voces de amplia trayectoria, cuyo magisterio seguirá vivo en esos años (y aun en la actualidad), como Lázaro Santana, Eugenio Padorno, Ángel Sánchez o Andrés Sánchez Robayna.

 

El asalto al siglo XXI corresponde a autores y autoras que, nacidos entre las décadas de 1960 y 1980, o editan obras clave para sus respectivas trayectorias después de haberse dado a conocer en la década anterior, o bien despuntan precisamente en los comienzos del nuevo milenio. El prestigio de algunos premios literarios, como el “Pedro García Cabrera” o el “Tomás Morales”, ayudará a la difusión de estas voces, pero también algunas iniciativas editoriales privadas, con o sin apoyo del sector público, que apostarán decididamente por la divulgación de la poesía de esos años. Por eso no es de extrañar el gran número de autores que publican durante esa década obras de enorme interés, como Yolanda Soler Onís, Melchor López, Coriolano González Montañez, Ricardo Hernández Bravo, Paula Nogales, Verónica García, Pedro Flores, Silvia Rodríguez, Alejandro Krawietz, Goretti Ramírez, Isidro Hernández o Iván Cabrera Cartaya.  

 

Por razones de espacio, en atención a lo expresado más arriba, procedo a resaltar con más detalle aquellos títulos que de un modo u otro llamaron mi atención como lector. Los presento según la cronología de publicación.

 

En 2001 se edita Teoría de la luz (amor más vivo), de Miguel Pérez Alvarado (Gran Canaria, 1979), libro que había obtenido el año anterior el premio Tomás Morales. Con referencias explícitas a grandes figuras de la poesía canaria contemporánea, como Luis Feria, Lázaro Santana, Eugenio Padorno, Andrés Sánchez Robayna y José Carlos Cataño, Teoría de la luz deslumbra no solo por su meditada estructura, sino especialmente por el singular ritmo de los versos, la sabia disposición de cada palabra, el sutil encabalgamiento, el sintagma inesperado. Pero más importante, si cabe, es su poderosa visión sobre la realidad y la constante interrogación sobre el ser en torno a un microcosmos de luz que se va descomponiendo en haces a medida que toca la superficie terrestre. Pérez Alvarado renueva (mejor: reinterpreta) la potente visión existencial sobre el entorno que la tradición insular le había legado, desde Pedro Perdomo Acedo, Manuel Padorno o Manuel González Sosa, hasta el propio Eugenio Padorno, a quien mira a través de aquel Habitante en luz de 1964.

 

 

La editorial conejera Litoral Elguinaguaria edita en 2002 el libro La ciudad circular, de Daniela Martín Hidalgo (Lanzarote, 1980). El mismo año, Ediciones La Palma le publica Memorial para una casa. En ambos libros, la autora se revela con una voz singular que escudriña la realidad de lo cotidiano para exprimir los objetos, desenmascarar su sentido menos convencional, interrogar por su verdadero significado, por la relación humana que los modela y de la que no se pueden escapar, por su sentido moral y su despojamiento. La ciudad circular hace un escrutinio de los márgenes de distintos espacios de realidad a través de un conjunto perfectamente estructurado de poemas, a veces visionarios, siempre atentos al envés doloroso de la existencia, signados cado uno de ellos (significativamente) por un fragmento de la Divina Comedia de Dante.

 

 

Rafael-José Díaz (Tenerife, 1971) cuenta a día de hoy con una amplia trayectoria como poeta, prosista, traductor y editor. La obtención del Premio de Poesía Tomás Morales a principios del milenio (2002) por su libro Los párpados cautivos le permitió consolidar una poética en expansión. Se concitan en este libro distintos elementos fundamentales en su poética: la geografía luminosa de su existencia, la identificación de esa geografía con el cuerpo, la confluencia entre la mirada y el ocultamiento, la sutil revelación que se produce gracias a la comunión con el espacio en que “habita” el poeta, la ensoñación: “Lluvia soñada, entre la casa / y el cuerpo, en el espacio / del ojo desasido que respira en el ojo / del sol o el aire o los racimos / de una lluvia soñada en los bordes del sueño”.

 

 

En 2003 aparece un breve pero intenso libro, como número 1 de una colección llamada Y más extraña lengua. Se trata de Trenístenla es venida, de José Miguel Perera (Gran Canaria, 1978). No resulta superfluo anotar que el nombre de la colección proviene de un verso del fundador de la poesía canaria, Bartolomé Cairasco de Figueroa, y que el libro se construye a propósito de un extrañamiento lingüístico explicitado en su Comedia del Recibimiento (1582), cuando al antiguo líder canario Doramas, para hacerlo entendible ante el nuevo obispo peninsular, se le muda su lengua nativa al perfecto castellano. Perera habla poéticamente en su primer libro con una expresión interiorizante, lingüísticamente balbuciente, casi mística, que convive en protagonismo con una visión de la realidad poliédrica, dolorosa, crítica. Es una apuesta radical (en el sentido etimológico del término: vuelta a la raíz oral) que lejos de mitigarse en obras posteriores, se ha ido modulando, acrecentando, hasta su última publicación, Ancho de ánimas (2021). 

 

 

Federico J. Silva (Gran Canaria, 1963) publica en 2005 un libro clave no solo para entender su propia trayectoria, sino también para el desarrollo de una buena parte de la poesía canaria contemporánea: Era Pompeia. El reconocimiento de este libro empieza cuando se le otorga el Premio Tomás Morales en 2004 y su vigencia permanece hasta el punto de ser reeditado en 2012. Era Pompeia es en realidad un poema de amor en el que confluyen, magistralmente engarzados, numerosos planos de sentido: la intertextualidad, la parodia, la fina ironía, la crítica de la historia, la metaliteratura. Todo ello hábilmente estructurado, “guionizado”, si cabe, para envolver al lector en un espacio y un tiempo imaginarios del que difícilmente se puede escapar.

 

 

En 2005 Francisco León (Tenerife, 1970) obtiene el Premio de Poesía Marius Sampere por el libro Terraria, que aparecería en 2006 en la editorial La Garúa. El autor, que ya había dado dos libros de poesía a la imprenta (Cartografía, 1999, y Tiempo entero, 2002, ambas en la editorial mallorquina Calima), cierra un ciclo poético, según sus propias palabras, con Terraria. El libro está compuesto por un conjunto de poemas en prosa (adelgazados, hacia el final, en algún aforismo) que concluye con un microensayo en torno a la estancia del artista Alechinsky en Lanzarote en la década de 1970, hecho que sirve al autor para conjurar sus propias pulsiones creativas al borde de un abismo alucinado: la muerte, la destrucción, el territorio doloroso (¿soñado, real?) que se desparrama ante la existencia. Como dice el poeta: “Soñar lo que realmente está sucediendo es el acto fundamental de la existencia”.

 

 

Elica Ramos (La Palma, 1970) publica en 2006 La palabra perdida, en la colección malagueña Puerta del Mar (nº 92). En la década anterior había dado a la luz algunos breves poemarios, que culminaron al final del milenio con El hacedor de ludópatas (1999). En La palabra perdida, Elica Ramos reordena parte de su producción y logra un libro que aúna lo esencial de su poética. Cada poema es un fogonazo, una condensación extrema del pensamiento asistido por la mirada y por el ritmo de la palabra. Los silencios entre esas palabras, la ausencia de puntuación, los dobleces de la mirada hacen de este libro una pieza singular: “Obrar el verso / en los ojos del mecido // fundamento infranqueable  sin espigas”

 

 

Hasta la década de 2000 Ernesto Suárez (Tenerife, 1963) ya había dado a la luz una muestra importante de su poesía que, gracias a la publicación en 2002 del volumen Las playas (Cuadernos poéticos, 1988-2002) pudo conocerse más ampliamente. En 2007 aparece La casa transparente, un libro de madurez que se articula en torno a tres secciones, “Rastros”, “Umbrales” y “Hendiduras”, precedidas por un “Prólogo” y seguidas de un “Final”. La memoria se hace geografía en este libro que alterna verso y prosa, una mitografía de la infancia y la juventud que espolea el presente mediante la conjura del tiempo pasado, ya sea feliz o trágico: “Aún me protejo en el zaguán de la casa que ya no existe”. La clave del libro está en el intento del poeta por hacer de lo real una palabra que lo sustente, o mejor, que la palabra misma sea lo real.

 

 

Yaiza Martínez (Gran Canaria, 1973) consolida su obra en la década que nos ocupa, sucesivamente con Rumia Lilith (2002), El hogar de los animales Ada (2007) y Agua (2008). Un imaginario que culmina como un gran ciclo en Siete-Los perros del cielo, ya de 2010. La columna vertebral de este imaginario roza símbolos antropológicos como el árbol, el cosmos o el agua. Sus textos parecen articularse en torno a una espacialidad cosmogónica, y se diría que están organizados en torno a una visión “geométrica” de la realidad en la que la lengua, primordial en su poética, cobra vida, es interrogada, aparentemente transgredida desde su propia sintaxis para convertirse en lenguaje propio. Todo ello confluye en el breve texto Agua, entregado a la editorial tinerfeña Idea en 2008, libro singular por el rescate del elemento líquido y su reconstrucción en la página del mar y lo que ello significa de reencuentro de la autora con la isla real y la imaginaria.

 

 

Finalizamos estas reflexiones con otro libro de 2008. La obra de Tina Suárez Rojas (Gran Canaria, 1971) había obtenido, desde la década de 1990, numerosos reconocimientos literarios: el Premio de Poesía Tomás Morales (1996), el Ciudad de Las Palmas (1997), el Gabriel Celaya (1999), el Carmen Conde (2002) o el Odón Betanzos (2004). Entre sus libros publicados en la década de 2000 quiero destacar uno que quizás haya pasado más desapercibido, pero que reúne perfectamente las claves de su poética: Las cosas no tienen mamá (Idea, 2008). Tina Suárez Rojas muestra aquí en toda su brillantez su característica concepción poética, siempre atenta al sutil el inteligente juego lingüístico, que le permite expresar sus más variadas inquietudes existenciales: el papel de la mujer y su papel como mujer, la crítica de la cultura, el amor por la literatura, la imaginación…

 

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2 comentarios

  1. Campo nublo (2000), Antidio Cabal.

    En tregua (2001), José Carlos Cataño.

    Óxidos (2003), Arturo Maccanti.

    La memoria encendida: poesía inédita (2003), Pino Betancor.

    Oriental (2003), Melchor López.

    Cuaderno de apuntes y esbozos poéticos del destemplado Palinuro atlántico (2005), Eugenio Padorno.

    Dos mundos (2006), Francisco León.

    Travesía (2006), Elsa López.

    Árbol del espacio (2007), Pino Ojeda.

    Cuadernos (2000-2009, 2009), José María Millares Sall.

  2. Resulta curioso que todos los autores reseñados en este período ya venían de una trayectoria anterior. Tal vez hubiera sido muy interesante el contemplar los hechos de la poesía que se publicó en esta década como primeras obras, es decir, las voces emergentes que despliegan su obra entre las siguientes décadas. Pues el hecho de que sean obras por primera vez publicadas en esta década no desmerece el esfuerzo y la labor a menudo silenciosa hasta que se consigue por fin la publicación, sin el amparo de premios o menciones, etc. Me podría referir a escritores como Sergio Barreto, Ramiro Rosón, David Guijosa, Héctor Vargas, aunque todos ellos han sido galardonados con diferentes premios.

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