NARRATIVA

Década de los 90

Así en La Habana como en el cielo

J. J. Armas Marcelo

Asuán

Juan Cruz Ruiz

Buscando el sur

Román Morales García

El año de la seca

Victor Álamo de la Rosa

Futuro imperfecto

Cecilia Dominguez Luis

El inglés

Juan Manuel García Ramos

El territorio de la memoria

Juan Cruz Ruiz

Espero la noche para soñarte, revolución

Nivaria Tejera

Háblame de ti

Fernando G Delgado

Viaje a las Islas Canarias

Juan Cruz Ruiz

Queremos tu opinión

Esta es la selección que han realizado nuestros colaboradores, pero ¿tienes algo que aportar? puedes hacerlo al final del texto.

Los horizontes de la narrativa canaria de los noventa.

Un libro siempre es un encuentro con el otro o con la otra que somos. Es un contacto humanamente hermoso a través de la palabra, que actúa como un puente entre dos mundos o como una mano en la oscuridad. Y también es, como apunta Emilio Lledó, un recipiente donde reposa el tiempo. En concreto, la novela usa la fábula, la ficción, como marco para ese cruce y crea un mundo propicio para él, con su paisaje y paisanaje propio, con su cultura, con sus símbolos e imaginarios. 

 

Podemos trazar literariamente de este modo un mapa de lugares y de encuentros, y crear un horizonte para el que explora el mundo leyéndolo. De este modo, esta travesía por la narrativa canaria de los noventa nos llevará a cruzar las fronteras indelebles de la realidad para sumergirnos en el insondable e ilimitado territorio de la patria literaria que, en su universalidad, proyecta siempre un reflejo en el que podemos reconocernos, como individuos y como pueblo, porque la palabra siempre es un viaje de exploración que, al final, nos descubre y nos devuelve a nosotros mismos.

 

No obstante, si ya es difícil determinar qué es eso que llamamos Narrativa canaria, ¿cómo definir o cohesionar la narrativa que se publica en una única década? Y aún más, conociendo la naturaleza proteica de la novela, un género de contornos desdibujados por el tiempo y por sus usos desde aquellas epopeyas y leyendas que iniciaron el relato narrativo, ¿podríamos delinear el contorno de la narrativa canaria de los noventa? Definitivamente no. Es cierto que nuestro paisaje condiciona nuestra mirada, pero muchas veces la naturaleza insular se revuelve y se niega a sí misma. Así que no hay mayor determinismo que el que nos imponemos o el que buscamos. La literatura insular se aloja así en un continuo conflicto, habita en el lugar de la encrucijada.

 

En concreto, los noventa son una época de cruce entre dos generaciones, y que funge como puente entre dos décadas y dos milenios. Así, encontramos autores ya reconocidos que poseen una carrera sólida y que incluso han vencido las barreras de la insularidad editorial y literaria para convertirse en escritores de referencia nacional. De ahí que hallemos obras como la de Fernando G. Delgado, Háblame de ti (1994) o Así en La Habana como en el cielo (1998), de J.J. Armas Marcelo, ambas publicadas en Alfaguara, donde encontramos narraciones volcadas al exterior, oteando otros horizontes. La primera ambientada en diferentes ciudades italianas como espacio de las aventuras amorosas y desengaños de su protagonista Marta Macrí; mientras que la segunda toma como escenario la isla de Cuba para a través del personaje Marcelo Rocha, un periodista español, convertir el espacio en el protagonista de la historia.

 

 

Sin embargo, también encontramos en este grupo de autores a otros que, aun siendo publicados por editoriales nacionales, no dejan de escribir desde esa condición del insular que diría Pérez Minik. De hecho, con esta impronta se abre literariamente la década, gracias a la tercera novela de Juan Manuel García Ramos, El inglés, una de las obras más sobresalientes del periodo, publicada en 1991 en la editorial Plaza & Janés, y premiada por ser el mejor libro escrito ese mismo año, y reeditada años más tarde por Artemisa Ediciones con un añadido y el subtítulo Epílogo en Tombuctú. 

 

 

En sus páginas se vincula y evoca la identidad insular como un encuentro de mundos y culturas que rememora aquél verso del poeta cubano Derek Walcott que dice aquello de que haber amado un horizonte es insularidad. A través de un antihéroe moderno, Carlos Asturias Harrow, un profesor de filosofía, el autor del libro encarna su teoría de la atlanticidad, en una metanarración que rastrea la biografía de este personaje huidizo para novelarla desde Santa Cruz del Mar, un trasunto de la capital tinerfeña hasta Tombuctú, en un recorrido que persigue, asimismo, la creencia en la palabra y en la escritura como un acto de fe contra la amenaza del olvido, porque como afirma el narrador librero de esta historia somos, en el fondo, el resultado de nuestra propia memoria y el resultado de su ausencia misma.

 

Otro de los autores pertenecientes a esta generación, de reconocido prestigio cuya literatura ha dado el salto a la península, pero en el que pervive la raigambre identitaria y la mirada insular es el periodista y escritor Juan Cruz que, en esta década, publica dos obras sobresalientes de carácter autobiográfico. Por un lado, El territorio de la memoria, un pequeño libro editado por Tauro producciones en 1995, donde el autor construye y reconstruye literariamente las imágenes de los recuerdos de su infancia. El territorio de la memoria es un título certero, exacto, para el artificio narrativo que construye, articulado en torno a la infancia y a la mirada inocente sobre las cosas que aún carecen de los nombres precisos y que están difuminadas en la conciencia. 

 

 

Es de esta forma que la palabra hace aparición años más tarde para salvar la vida, para materializarla a través de las palabras. Un año más tarde, Juan Cruz publica en Alba Editorial Asuán (1996), un relato de viajes por la mítica ciudad egipcia, que le sirve como memoria del viaje y como ejercicio intelectual y metaliterario, dejándonos bellísimas reflexiones sobre la escritura que, en definitiva, son también sobre la experiencia vital, ya que, como afirma el autor en las líneas de este cuaderno: la vida tiene impuesta la obligación de las palabras para impedir el olvido: las escribimos, las registramos, las recordamos acaso para que no dejen de estar con nosotros jamás.

 

 

Tras esta nómina de autores ya consagrados, encontramos la emergente prosa de los narrados noveles que, de manera muy timorata, empiezan a publicar alrededor de estos años, aunque la mayoría de los autores nacidos en la década del sesenta en Canarias empezará a publicar tardíamente en el nuevo milenio. La excepción y el gran descubrimiento literario de la década lo encontramos en Víctor Álamo de la Rosa, quien ya había publicado diversos poemarios y narrativamente ya se había estrenado con un libro de cuentos escritos entre los últimos años de la década del ochenta y publicado en 1991, Las mareas brujas, un libro aclamado por crítica y público y conectado al universo de la que será posteriormente su ópera prima, El humilladero (1994). A pesar de ser una primera novela, ésta irrumpe con la fuerza de las grandes obras maestras, creando un espacio mítico, Masilva, en la isla de El Hierro, donde lo extraordinario aparece en medio de un naturaleza abrupta y desgarradora como las historias y los personajes que habitan el libro, marionetas a su vez de un lenguaje profundo y feroz que lo domina todo. Sin embargo, su novela más internacional, traducida a más de cinco idiomas, es El año de la seca, publicada por primera vez en 1997 en portugués en Río de Janeiro por la editorial Sette Letras y prologada por el Nobel José Saramago. Esta novela se impone la tarea de relatar una parte de la historia insular, la que compromete al año1948 en la isla de El Hierro, en que sus habitantes sufrieron una severa sequía al mismo tiempo que la represión franquista los acorralaba, motivos por los que muchos se vieron obligados a emigrar rumbo a América.

 

 

Entre las obras de esta nueva generación de escritores sobresale por su éxito internacional la crónica de viajes Buscando el sur (1997), del escritor y viajero Román Morales García. Una crónica de viajes que se ha convertido en un referente de la literatura y la crónica de viajes. En ella, el autor relata su recorrido a pie por toda Sudamérica atravesando la cordillera de los Andes de norte a sur, un viaje de más de tres años que fue narrado pluma en mano al paso de las rutas y paradas por todas aquellas tierras, pueblos y gentes que vio y conoció. Un libro valioso no solo por el testimonio y por el relato antropológico y geográfico que tanto enriquece la obra, sino también por la sinuosidad de un lenguaje trabajado con la poesía del lenguaje y la soledad de los caminos.

 

 

Hasta aquí hemos visto una serie de obras escritas exclusivamente por plumas masculinas. De modo que los lectores se preguntarán si no hay mujeres que referenciar en esta década literaria. Tras esa misma inquisición he ido en busca del rastro femenino comprobando que mientras en la literatura peninsular y en la latinoamericana esta es una época donde las voces de las mujeres escritoras empiezan a emerger y se cuenta con una nómina más o menos importante de autoras que alcanzan prestigio y reconocimiento; en Canarias se evidencia una flagrante ausencia de dichas voces, una ausencia que atraviesa la totalidad de nuestra literatura en sus cinco siglos de existencia, debida, por un lado, a las condiciones poco favorables para la profesionalización de la mujer en este campo y, por otro, al menosprecio de la crítica hacia la escritura de mujeres. 

 

Sin embargo, las condiciones a finales del siglo XX en Canarias eran muy diferentes a las pasadas, por lo que deberíamos de interrogarnos acerca de la poca presencia que tienen las mujeres en la literatura canaria de estos años en lo que a la narrativa se refiere, puesto que resulta curioso observar cómo el género narrativo por excelencia, la novela, es ejercida casi en su totalidad por escritores hombres mientras que las mujeres se dedican literariamente a lo que el canon considera un género menor, el cuento y el relato. Sobresalen en dicho género los libros de relatos Impresiones de un arquero (1991), de la poeta y académica Alicia Llarena; Futuro imperfecto (1994) de la gran narradora Premio Canarias de Literatura Cecilia Domínguez Luis; y Alta edad, mentías (1999) de la escritora Cristina Rodríguez Court.

 


Una de las pocas excepciones encontradas hasta el momento lo representa el último libro escrito por la escritora canario cubana Nivaria Tejera, Espero la noche para soñarte, Revolución (1997), una obra que fue finalista del premio Plaza y Janés en 1991, aunque no consiguió editorial en España hasta el 2002, por lo que tuvo que ser publicada por primera vez en Francia en 1997. 

 

 

Esta obra, que merece un tratamiento mucho mayor del que nos ocupa en estas páginas, es de una importancia y magnitud trascendentales no solo para la literatura de nuestro territorio sino para la literatura universal. En ella, la autora emprende una lucha dialéctica contra el régimen castrista, en el que antaño creyera, en donde ejerce a través de una prosa poética y reflexiva su compromiso ético y estético. Un libro autobiográfico que ofrece a los lectores un viaje a través del pensamiento disidente de la propia autora y que se alza como uno de los libros imprescindibles en contra de las dictaduras.


En suma, este desequilibrio entre géneros — sexuales y literarios— nos lleva a la deducción de que las escritoras canarias viven una doble marginación literaria, aisladas en su condición de mujeres por el canon, por la rémora de una tradición patriarcal y aisladas por una geografía que limita su horizonte, condenadas a no poder traspasarlo: islas dentro de islas.

En conclusión, el grupo de narradores de los años noventa representan no la identidad, sino la divergencia. Juan José Delgado apuntaba que lo que caracteriza a los narradores de las dos últimas décadas del siglo XX realmente es la variedad de tendencias. Y, con todo, podremos comprobar que esta imposibilidad de cohesionar y de definir provocada por dicha heterogeneidad, lejos de limitarnos, nos impone la apertura de la mirada y la amplitud del horizonte. Podemos ver más lejos de nosotros mismos.

Esta mirada se impulsa a través de las palabras de lo que, paradójicamente, los críticos señalan como la generación del silencio o la generación a la deriva. Marbete que asignan a las dos últimas décadas del siglo pasado, motivado por el derrumbe de la narrativa en los años posteriores al boom generado en la década del setenta. Sin embargo, esta generación a la deriva lejos de naufragar en medio de la nada silente, nos provee de palabras con las que alcanzar la posibilidad de nuevos horizontes.

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4 comentarios

  1. Hay un libro de cuentos de gran interés, titulado Por Venir de la Nada (Ediciones La Palma, 1995), de José Manuel Marrero Henríquez, que ganó el Montblanc en 1992 y que en su día tuvo gran repercusión y parece haber sido olvidado. No muy prolífico, Marrero Henríquez tiene una obra poética [Reversos Ejemplares (Anroart, 2010), Paisajes con burro (Baile del Sol, 2015), Landscapes with Donkey (Green Writers Press, 2018)] y narrativa (ésta dispersa en revistas, catálogos de arte y libros, parte, incluso, de original en inglés, como el reciente “Chikens like Celebrities”, en Imaginative Ecologies (Leiden, Boston: Brill, 2022) que, sin lugar a dudas, debería ser re-visitada.

  2. Tassili (1992), Isaac de Vega.

    La mirada infinita (1994), Josefina Zamora.

    Sáhara (1995), Emilio González Déniz.

    Movimiento y reposo (1995), Juan Pedro Castañeda.

    El sueño de los durmientes (1996), Álvaro Marcos Arvelo.

    Carpanel (1996), Isaac de Vega.

    Proceso a Cagigal (1996), María de los Ángeles Teixeira Cervia.

    Proa en nieblas (1999), Agustín Díaz Pacheco.

    Abako (1999), José Zamora Reboso.

    Los trabajos de Esther (1999), Sabas Martin.

  3. Gracias por nombrar a Josefina Zamora, Iván, con su maravilloso libro de relatos La mirada infinita.
    Coincido contigo en que citar 3 libros de un mismo autor pudiendo ofrecer una mayor variedad es un error. Está claro que 10 libros para 10 años son muy pocos y solo se puede ofrecer una pequeña muestra. Precisamente por eso, se podría haber aprovechado el espacio para citar a más autores y, específicamente, a más autoras, que siempre son las grandes olvidadas.

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